Las niñas bien envejecieron… pero el clasismo no
Ese humor, con el tiempo, se volvió uno de sus sellos característicos, permitiéndole decir lo que incomoda sin perder ligereza, y sigue siendo su forma de mirar ese mundo que, para ella, no desaparece, solo se adapta. Porque si algo tiene claro es que “las niñas bien nunca van a desaparecer, solo se transforman”.
Su lugar frente a ese mundo también es claro: pertenece y no pertenece al mismo tiempo. Se mueve dentro y fuera con facilidad, como quien conoce perfectamente las reglas del juego pero no se somete a ellas. Es, como ella misma dice, “una observadora crítica”, alguien que “entra y sale con mucha facilidad de ese pequeño mundo”. Y desde ahí puede nombrar lo que le incomoda: el racismo, el clasismo, esa educación que, aunque cambie de forma, sigue marcando comportamientos.
(Abel González)
La escritora que convirtió la observación social en literatura
A lo largo de los años, esa mirada le ha valido todo tipo de interpretaciones. Muchas veces equivocadas. Pero tampoco le quita el sueño. Al final, asume que su responsabilidad termina en lo que escribe: “yo me hago responsable de lo que digo, pero no de lo que tú pienses”. Y en ese lugar, incluso sobresale su humor: algunas la vieron como “traidora de clase”.
Esa mezcla de distancia y cercanía también define su estilo. Nunca buscó ser una intelectual, sino algo mucho más directo. “Quiero ser una periodista sin pretensiones. No soy una intelectual, soy una cronista de una época de nuestro país”. Esa definición, lejos de restarle peso, la pone como una de las voces más claras para entender a un sector específico del país. Incluso lo resume con una frase que arranca sonrisas: “En una ocasión dije que yo era la Gloria Trevi de las letras”.
(Abel González)
“Hay heridas que no cicatrizan”: Guadalupe Loaeza habla del abuso que vivió
A punto de cumplir 80 años, su ritmo no se detiene. Sigue escribiendo semana a semana, opinando, observando, recordando. Entre columnas, novelas y biografías —como las de Agustín Lara o Amado Nervo—, su postura no cambia: “Quiero ser una periodista honesta, leída, clara y sobre todo auténtica. No quiero simular. Soy quien soy y punto”.
La conversación cambia de tono casi sin aviso y se vuelve más íntima. Ya no se trata solo de lo que ha escrito, sino de lo que ha vivido. Durante años guardó en silencio un episodio difícil, hasta que los testimonios de otras mujeres en el marco del #MeToo, la llevó a decirlo en voz alta. “Sí, fui abusada nada menos que por mi psicoanalista”, comparte. No se detiene en los detalles; lo importante, para ella, es lo que implica nombrarlo. Porque, como dice, “eso suele suceder mucho… pero no se cuenta”. Y decirlo, más que una confesión, es una forma de acompañar: “hay que decirlo, hay que solidarizarse con otras mujeres”. Aun con los años, reconoce que deja marca: “son heridas que no cicatrizan tan fácilmente”.
(Abel González)
El paso del tiempo, la enfermedad y las preguntas que hoy acompañan a Guadalupe Loaeza
Más adelante, la conversación se mueve hacia otro tema igual de delicado: su salud. Lo dice sin rodeos: “tengo cáncer en el hígado”. La noticia fue dura, sobre todo para su familia, pero también transformó su manera de ver el mundo. Desde entonces, cada día tiene otro peso para disfrutar lo cotidiano. “Abro los ojos y me digo, bueno, aquí estoy. Voy a escribir mi texto. Es un reto constante, pero eso me mantiene viva”.
El tiempo, inevitablemente, cambia de forma. Ya no es solo una idea, sino algo concreto, medible, incluso urgente. Ella misma lo dice con una imagen simple: hay una “fecha de caducidad”, y frente a eso, lo único que queda es mirar la vida con sabiduría”. Al mismo tiempo, reconoce que este tema se convirtió en un “problema de tiempo”.
“Cuando uno tiene fecha de caducidad, hay que ver las cosas con sabiduría, pero sobre todo con bondad, con generosidad. Y hay que contar sus bendiciones, como dicen en inglés: count your blessings. La familia es un concepto fundamental”.
Sus preguntas también cambian: “¿Voy a poder asistir a la boda de mi primer nieto? ¿Voy a poder escribir sobre las elecciones de 2030?”. En ese nuevo orden, lo demás pierde importancia: el dinero, la apariencia, lo superficial. “Olvídate del dinero, de la belleza, de las cirugías, eso ya no tiene importancia”. Hoy, la vida se mide en momentos simples como “viendo una serie con mi esposo y comiendo unas quesadillas”.
(Abel González)
Esa claridad también vino acompañada de una forma de soltar. Cosas que antes podían pesar como opiniones, críticas, expectativas, hoy simplemente dejaron de tener lugar. “¡Que digan misa de mí!… ya no me importa en absoluto”.
Sus miedos, sin embargo, siguen presentes y no los separa. Por un lado, está lo más inmediato: “que mi enfermedad avance”. Por otro, el país que observa con la misma mirada crítica de siempre, donde le preocupa la inseguridad, el clima político y la dificultad del actual gobierno para aceptar la crítica.
Pero aún así, hay cosas que la sostienen. Cuando habla de esperanza, no lo duda: “La mujer mexicana es extraordinaria. Tiene una capacidad de adaptación, una fuerza, una generosidad impresionante. Las madres buscadoras, las mujeres que trabajan, que sostienen familias son un ejemplo diario. Mientras existan mujeres así, hay esperanza”, finaliza.
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