El mismo día en el que ha cumplido 75 años, Ana Belén ha sido una de las protagonistas del programa ‘La noche de Aimar’. La Sexta ha emitido la entrevista que Aimar Bretos le ha hecho a la cantante, que se ha sincerado sobre varios momentos de su vida. Entre ellos, sobre sus orígenes en el mundo de la música. Unos comienzos que fueron importantes para ella y también para sus padres. Gracias a su trabajo, la situación económica empezó a cambiar en casa.
Ana Belén se ha remontado sus orígenes humildes. Ya antes de empezar su carrera, la artista tenía un referente en cuanto a dónde quería llegar para ayudar a sus padres. ”Si yo conseguía ser un poco lo que Marisol había sido desde que empezó de niña yo podría darles una mejor vida a mis padres“, ha reconocido Ana Belén sobre cómo ese era uno de sus objetivos.


La cantante ha contado que desde el principio fue consciente de que podía ayudar económicamente en casa.
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El apoyo de sus padres en sus inicios
Un objetivo que en cierto modo empezó desde el colegio, cuando una de sus profesoras le escuchó cantar. Ana Belén ha recordado que fue su maestra la que le dijo “hombre Mari Pili, qué bien cantas. Yo tengo un primo mío en Radio España que llevan un concurso muy famoso, ‘Vale todo’. Te voy a hacer una nota y vas a ir”.
Sus padres estuvieron de acuerdo. Ana Belén ha contado que su padre le acompañó a aquel concurso que finalmente ganó. A partir de ahí, desde bien pequeña, empezó a salirle trabajo. Durante su entrevista con Aimar Bretos, la cantante ha recordado cuál fue la respuesta de sus padres cuando tuvieron que darle permiso para empezar en el mundo artístico. “Mis padres, pobres, que no sabían nada de esto, dijeron ‘pues vale’. Lo único que hacían era acompañarme”, ha recordado con nostalgia sobre cómo ellos le apoyaron desde el principio.


Ha destacado el apoyo que siempre le dieron sus padres en su camino musical.
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Conciencia económica desde bien pequeña
Ana Belén ha reconocido que eso marcó un antes y un después en la economía familiar. Ha recordado cómo en más de una ocasión, habló con Rocío Dúrcal sobre cómo su trabajo era fundamental en sus casas. ”Teníamos muy presente que la prosperidad de nuestras familias dependía de nosotras”, ha dicho sobre cómo ambas eran plenamente conscientes de la importancia que tenía su sueldo no solo para ellas.
Los padres de Ana Belén eran cocinero y sastra. Desde bien pequeña, ella se echó a la espalda esa responsabilidad de ayudarles económicamente. “Yo ya ganaba un dinero. Yo era consciente de que ganaba un dinero. Ese dinero servía para mejorar la vida de casa”, ha reiterado sobre cómo a pesar de su corta edad, era plenamente consciente de que el dinero que ganaba mejoraba la vida de todos.


Ha recordado que con el dinero que ganaba, la vida de su familia mejoraba.
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La anécdota del trabajo de su padre
Ana Belén ha recordado una anécdota que es fiel reflejo de la situación que había en casa cuando era una niña. “Mi padre era cocinero y tenía el sueldo de trabajador típico de aquella época, en el Palace. Hay una anécdota que yo siempre que se la oía a mi madre… Los fines de año, en el Palace, hacían grandes cotillones. El pollo volaba por allí, que el pollo era momento Carpanta. Nosotros solo veíamos el pollo en pepitoria en Nochebuena”, ha contextualizado.
Entonces, ha contado qué pasó una noche que su padre llegó de trabajar. “Yo recuerdo muy pequeña, que un día llega mi padre y empiezo a escuchar gritos de mi madre y mi tía, y entonces mi madre ‘por Dios, pero qué has hecho, cómo se te ocurre llevarte un pollo’. Porque a todos los trabajadores, según salían por la puerta de la cocina, les registraban”, ha revelado sobre aquel día en el que su madre y su tía tanto se escandalizaron. Hasta que descubrieron la realidad.


Ana Belén ha hablado de la situación económica que había en su casa cuando era niña, que gracias a su trabajo mejoró.
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Ana Belén ha desvelado que “hasta que mi padre, llorando, dice, ‘no, un bollo’. Una medianoche de cualquier cóctel que habían servido en el bolsillo. Le pillaron llevándose un bollo y supongo que le sancionarían con tres días de empleo y sueldo, cosas que hacían terroríficas”. Una anécdota que es fiel reflejo de cómo hasta un pollo podía ser un objeto de disputa por el lujo que suponía.
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