Cada vez me creo menos a las personas que cantan. Ya no me sale llamarlos artistas. Y no porque los cantantes de antes fueran mejores personas. Muchas estrellas del rock eran profundamente machistas, egocéntricas y ridículas. Pero daba la sensación de que les importaba más su obra que su marca personal.
Hace unos meses, vi la actuación de Bad Bunny en la Super Bowl y, al ver tanto hate en redes, pensé: «Igual estoy siendo injusta con este señor». Y me puse a traducir sus letras para intentar entenderlo y conectar con el artista. Mi sorpresa fue encontrar canciones con crítica social, mensajes contra el capitalismo y discursos sobre desigualdad y referencias políticas que me parecieron interesantes. Y pensé: «Bueno, igual realmente es un artista», aunque yo no conecte con la forma que tiene de presentar su obra.
La casita VIP
Ese pensamiento me duró poco. Porque llegó el concierto en Barcelona y aluciné con la contradicción. El escenario estaba dividido literalmente en clases sociales. Arriba, una especie de casita VIP llena de famosos, enchufados y privilegiados viendo el concierto desde su pequeño paraíso exclusivo y abajo, la plebe mirando hacia arriba, fascinada, soñando quizá con formar parte algún día de ese pequeño Olimpo con pulserita y catering. Y pensé: Benito, ¿cómo puedes vender un discurso antisistema mientras reproduces exactamente el sistema que denuncias?
Y ahí entendí lo que me pasa con muchos artistas actuales: no es una cuestión de edad ni de nostalgia. Es una cuestión de coherencia y autenticidad. No me cuela la revolución patrocinada. Quizá por eso sigo volviendo a Springsteen. Porque podrá gustarte más o menos, pero cuando habla de política, de obreros o de desigualdad, te lo crees. La prueba es que tiene que llevar seguridad porque su gira anti Trump empieza a ponerse peligrosa. Pero allí sigue sin callar a sus 76 años. Y quizá ahí está la diferencia entre un artista y una marca. Me gustan los artistas que parece que tengan algo que perder y no algo que vender.
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