Hay momentos que, de manera inesperada, condensan toda una situación política, social y cultural. La expulsión de los 600 miembros del coro por parte de la Policía Nacional y los Mossos para abortar el intento de parte de sus integrantes de desplegar esteladas y cantar el himno de Els Segadors, en un intento de dar visibilidad al conflicto independentista en Cataluña ante el Papa León XIV, fue uno de esos instantes. Reflejó cómo está el movimiento, porque la protesta fracasó. Mostró la tibieza con la que encaran los políticos esta situación, en especial el presidente catalán Salvador Illa. Y que solo fueran algo más de 200 los que intentaron participar en la protesta calcó casi a la perfección el reparto de escaños en el hemiciclo. El independentismo está muy lejos de ser mayoritario en este momento.
El día del ensayo general los conspiradores ya mostraron sus cartas, porque, sin que estuviese en el programa, pues se trataba de un acto litúrgico, algunos se arrancaron a cantar Els Segadors a ver si el resto les seguía. Era justo lo que querían hacer el día de la bendición de la Torre de Jesús.
El Papa habló de los pobres y de los oprimidos, pero no eran los independentistas
Estamos hablando de un coro que cuenta con un elevadísimo nivel técnico por la reverberación larguísima que hay en la basílica que diseñó Antoni Gaudí, por cantar separados en galerías a diversas alturas y por hacerlo tan lejos del órgano. En algunas de las agrupaciones se pergeñó la protesta y el modo en que colar las esteladas, impresas en el reverso de las partituras. El plan parecía sin fisuras, pero el problema es el de siempre: no todos los catalanes son independentistas.
Algunos de los cantantes avisaron a los organizadores, miembros de la Conferencia Episcopal. A partir de aquí, la protesta ya descarriló. Agentes de la Policía Nacional vestidos de paisanos empezaron a mostrar placas y a requisar las partituras, con el Papa aún en el templo. Lo que no esperaban los que denunciaron fue que pagaran justos por pecadores. Todos fueron expulsados, incluso se retuvo a dos coros de niños, y luego, ya fuera, los cantantes fueron encapsulados por los Mossos durante treinta minutos en la calle para que no pudieran interrumpir la ceremonia, que terminó como un gran éxito social por la proyección de la ciudad, portada en The Washington Post. Y político para Illa: la visita papal acababa sin polémicas con el independentismo y sin que la Iglesia Católica ni el Vaticano hiciesen ningún gesto hacia el movimiento.
Mercaderes expulsados del templo
Los mercaderes de la política habían sido expulsados del templo. Y empezó el juego de las reacciones. Junts y la CUP denunciaron la represión, aunque la actuación policial fue modélica. Los cantantes hicieron un manifiesto pidiendo al cardenal Juan José Omella que se disculpase. Sólo lo firmaron 220 cantantes. El independentismo no sólo es minoritario en el Parlament o en la sociedad, sino también en colectivos tan específicos como las corales de la Sagrada Familia. Ahora sí, el resto, por culpa de esa minoría, perdió lo que seguramente para ellos era la actuación más importante de su vida.
La mayoría de cantantes no iba a participar en la protesta pero fueron perjudicados
La estrategia del socialismo en Madrid y en Barcelona fue muy diferente. En Madrid, el ministro del Interior, Fernando Grande Marlaska, elogió a las fuerzas de seguridad y cerró filas con la Policía. En Cataluña, las líneas de defensa fueron cambiando. El conseller de Presidencia, Albert Dalmau, defendió en Catalunya Ràdio que “creo que en los actos institucionales, en este caso en la Sagrada Família, tenemos que decidir si damos espacios para que haya protestas o no. Porque un día habrá una protesta que nos gusta y un día habrá una protesta de alguien que quizás no nos guste tanto”.
Por su parte, la portavoz de la Generalitat, la consellera de Territori Silvia Paneque, evitó valorar lo sucedido y se centró en que la visita papal había sido un éxito. En la sesión de control del Parlament de esta semana, Illa ignoró la cuestión cuando fue preguntado por ella. Hace tiempo que el president no responde a determinadas cuestiones. También porque le salía a cuenta: mientras que en Madrid, Junts se aliaba con el PP para intentar colar por la puerta de atrás una moción de confianza, en Cataluña le pedían responsabilidades por los cantantes de la Sagrada Familia. Dos Junts, que le permiten a Illa seguir viviendo una legislatura relativamente plácida.
Consecuencias
Junts en particular, y el independentismo en general, ofrecen una imagen de impotencia y de falta de capacidad de movilización. Hasta en Montserrat se vieron más banderas del Perú que esteladas. La tesis del “món es mira” se cumplió, pero en clave Olimpiadas del 92, no en el contexto de octubre de 2017. El Vaticano evitó gestos a favor del independentismo. El Papa habló de los pobres y de los oprimidos, pero no eran los independentistas. Repasando lo ocurrido, no extraña que algunos sectores, como Junts, aboguen ahora por definirse como “minoría nacional”.
Hay momentos que, de manera inesperada, condensan toda una situación política, social y cultural. La expulsión de los 600 miembros del coro por parte de la Policía Nacional y los Mossos para abortar el intento de parte de sus integrantes de desplegar esteladas y cantar el himno de Els Segadors, en un intento de dar visibilidad al conflicto independentista en Cataluña ante el Papa León XIV, fue uno de esos instantes. Reflejó cómo está el movimiento, porque la protesta fracasó. Mostró la tibieza con la que encaran los políticos esta situación, en especial el presidente catalán Salvador Illa. Y que solo fueran algo más de 200 los que intentaron participar en la protesta calcó casi a la perfección el reparto de escaños en el hemiciclo. El independentismo está muy lejos de ser mayoritario en este momento.
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