A Sarah Ferguson se le acabaron todos los privilegios que aún la sostenían cerca del palacio. No fue una decisión casual. La Corona decidió cortar lazos con todo lo que recordara al escándalo y al pasado incómodo. Sarah ya no podía representar a la institución, ni asistir a actos oficiales, ni usar el trato de Alteza Real. Cuando su exmarido, el príncipe Andrés, fue apartado definitivamente, se cerró la última puerta que la mantenía dentro. No hubo expulsión pública. Fue algo más frío: una desconexión total. Así ha terminado su vida ligada al poder real.
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