Hubo un momento, en medio de los protocolos y las audiencias, donde Isabel dejó de ser Su Majestad la Reina… y volvió a ser simplemente Lilibet. Isabel, que pasaba el día firmando documentos, recibiendo primeros ministros y cargando el peso de un imperio en retirada, de repente se permitió soltar los hombros. Porque frente a ella no estaba una súbdita ni una duquesa. Estaba su mamá.
Pero nosotros, los que amamos rebuscar en los archivos emocionales, sabemos que Isabel fue reina para el mundo… pero para la Reina Madre, hasta el último día, fue su bebé.
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