Dos cantantes, un hombre y una mujer, sobre un escenario bañado en luces moradas dentro de un salón de gala en Abu Dabi. Los acompaña una banda en vivo. Ella lleva un elegante vestido negro; él, una kandura y un pañuelo tradicional. Ella es israelí; él es árabe. El público, compuesto por diplomáticos y altos cargos, observa con recogimiento.
“Larga vida a mi nación”, canta ella en un perfecto árabe, y él la acompaña con una poderosa voz de tenor. En la siguiente estrofa, se invierten los papeles y es él quien entona en hebreo: “Nuestra esperanza no se ha perdido, la esperanza de dos mil años”. Emoción, júbilo, aplausos de los asistentes.
¿Una estampa de amor y paz entre los pueblos? No tanto. Es, más bien, el cinismo de dos estados, Israel y Emiratos Árabes Unidos, durante la firma de los acuerdos de Abraham, que hacen oídos sordos al sufrimiento del pueblo palestino, libanés y de toda la región.
Esto no es un hecho aislado. El discurso de la paz y la convivencia a través de la música lleva décadas siendo un arma más en la maquinaria del Estado de Israel. Conciertos, festivales, certámenes como Eurovisión… Todo forma parte del peacewashing: el uso perverso de la retórica pacifista para lavar la imagen de un Estado, ocultando la violencia estructural y la vulneración de derechos humanos que ejerce sobre el terreno.
A esta dinámica, con mejores o peores intenciones, se han sumado durante años músicos de iniciativas supuestamente multiculturales como el Idan Raichel Project, o artistas exportados como símbolos de tolerancia, como la ganadora de Eurovisión Netta Barzilai.
Académicos como Edward Said o Ilán Pappé han analizado durante años cómo funciona esto, como parte de la estrategia de Marca Israel, una estrategia de poder blando diseñada para limpiar la imagen del país en el exterior. Porque una ocupación, un proyecto de limpieza étnica y de reemplazo de población requieren de algo más que bombas. Por un lado, se utiliza un lenguaje deshumanizante para justificar castigos colectivos, por otro lado, se despliega un lenguaje de “amor, paz y puentes culturales” en las embajadas y escenarios internacionales. Esto supone exigir a poblaciones oprimidas, desposeídas, bombardeadas “coexistir en paz y armonía” con quien los pisotea, vaciando de contenido conceptos tan importantes.
Este tipo de vídeos son desde hace años objeto de burla por parte de palestinos, libaneses, sirios, egipcios y de cualquiera que vea más allá de estas escenificaciones. Como ejemplo, este reel del monologuista Abdel Eyad.
Al final, ningún dueto de paz y amor va a tapar las vergüenzas de quienes lanzan bombas contra civiles, de quienes piden arrasar países enteros, ni de los aliados que los apoyan. El amor y la paz son otra cosa.
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