En los bajos del número 45 de la calle Sol, en Jerez de la Frontera, Pedro Flores, tabernero, sacaba brillo a la barra del bar La Fe para que su primogénita, su Lolilla, se subiera a cantar algo. Ese fue el primer escenario que pisó La Faraona, uno tan humilde como ligado a su familia; y fue ese bar, que con tanto sacrificio había montado su padre, al que, tan solo unos años más tarde, acabó echando el cierre.
Esta se acabaría convirtiendo en una de las anécdotas favoritas de Lola Flores, porque ilustraba a la perfección la fe ciega que los suyos habían depositado en ella y el sacrificio que estos tuvieron que hacer para que ella hiciera realidad su sueño. Y cambiar Jerez por Madrid tan solo fue el principio.


El padre de Lola dejó su amado bar para que acompañar a su hija en Madrid
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La decisión del padre de Lola
En su última entrevista concedida, Antonio Flores habló con Nieves Herrero sobre esos inicios que tuvo su progenitora. Él, nacido de dos artistas como lo eran ella y Antonio González ‘El Pescaílla’ no conoció una tesitura semejante, aunque tuvo que lidiar con las propias zancadillas de lidiar con una descomunal herencia cultural y unas expectativas de lo más altas.
“Hay una anécdota que cuenta mi madre, que, cuando ella quería ser artista, mi abuelo, que tenía un bar y tenía su vida hecha, qué fuerza no vio en ella, que decidió vender su bar e irse con ella a Madrid a pasarlas canutas”, le dijo el compositor a la entrevistadora.
No exageró una palabra porque fue así como ocurrió. Cuando a la niña Lola la barra de La Fe se le quedó demasiado pequeña, en sentido literal y figurado, empezó a buscar otras alternativas donde dar rienda suelta a su duende.


Cuando era niña, solía cantar en el bar de su padre
La familia no sabía de dónde lo había sacado la pequeña. Quizás del abuelo Manuel, que era medio gitano y se había ganado la vida con la venta ambulante. Pero de ellos no. Pedro se dedicaba a despachar finos y manzanillas, y María del Rosario a zurcir y reparar la ropa de otros.
Su primera gran oportunidad
Lola Flores dio clases con los mejores profesores de baile y canto de Jerez, a los que también dejaba con la boca abierta. El nervio que ella tenía no se aprendía ni en las mejores academias, y ella lo traía de serie.


Taconeaba por todo su barrio, San Miguel, y alzaba los brazos, flamenca, si se cruzaba con algún vecino. La fama de la chiquilla empezó a correr por todo Jerez y pronto empezaron a contar con ella en actuaciones privadas, donde ella se daba por entera. Pero hacía falta algo más. Una oportunidad que la hiciera brillar a la altura de lo que su arte merecía. Y no lo creeréis, pero le llegó sin salir de su ciudad.
En 1940, el director Fernando Mignoni estaba buscando a la protagonista de su siguiente film. Necesitaba a una joven con desparpajo, fotogenia y que supiera cantar y bailar. Fue así como, mientras este estaba de viaje en Jerez, pidió hacerle una prueba a Lola, que, por supuesto, ella bordó. Aunque había un pero, para rodar la película, la adolescente debía viajar a Madrid. Y he aquí donde surgió la disyuntiva familiar.


Siendo una adolescente fue escogida para protagonizar el film ‘Martingala’
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Los Flores tenían dos opciones: o bien se quedaban en Jerez, donde ya tenían un negocio que les funcionaba, y que daba de comer a sus tres hijos pero hacían infeliz a una de ellos, o bien se marchaban todos a Madrid y apostaban por el talento de Lola. La decisión que tomaron fue la más arriesgada y la menos común en la época.
Pedro echó el cierre a la taberna y se llevó a todos los suyos a la capital. Lola tenía el talento suficiente para convertirse en una artista importante. Y esta no les decepcionó. Antes de cumplir los 17 había rodado ‘Martingala’, tras lo cual buscó hacerse un hueco en el teatro.


En el año 1942, su padre confirmó que la decisión de bajar la persiana a La Fe fue la correcta. A su hija mayor, con solo 21 años, la contrataron en el teatro Fontalba, en plena Gran Vía. Ella fue una de las encargadas de llenar de música una de las arterias principales de la capital y es ahí donde populariza su primer gran éxito, ‘El Lerele’. El mismo nombre que, años más tarde, utilizó para llamar a su lujoso chalet donde falleció a los 72 años.
Quizás en la España de posguerra de principios de la década de los años 40 pocas familias se hubieran atrevido a tomar una decisión como esa. Dejar un negocio fijo y relativamente próspero por una vida en Madrid plagada de incertidumbres. Pero, como decía Antonio, su abuelo no pudo negarse a tremenda fuerza. Un auténtico prodigio de la naturaleza. Y del arte.
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