Es su primera entrevista en este periódico, literalmente. Quien llegue hasta aquí encontrará pocas huellas suyas en internet o en las hemerotecas de la prensa. … Maddi Oihenart (Barkoxe, Zuberoa, 1956) ha construido una trayectoria discreta, al margen de un foco mediático que la ha mantenido rodeada de un halo enigmático, pese a ser una de las voces más singulares de la cultura vasca, y en concreto, del canto tradicional zuberotarra.
Dice que en ella conviven muchas tensiones: lo colectivo y lo íntimo, la tradición y la libertad, la escena y el silencio. También que hay algo en su manera de estar en el mundo que la mantiene a distancia de las etiquetas. Tal vez por eso, hablar de ella resulta siempre un poco insuficiente.
Oihenart presenta ‘Lur’ junto al pianista y compositor Juantxo Zeberio, un trabajo que los une dieciséis años después en lo que será su tercer álbum de estudio juntos, y que han construido desde la escucha mutua y la búsqueda de un territorio común. El disco se presentará en directo el sábado 23 en Chillida Leku –20.00 horas–, en un concierto que lleva esa misma palabra como eje: lurra, tierra, entendida en sentido amplio y múltiple, pero también atravesada por una lectura crítica del presente, marcada inevitablemente por la realidad de la violencia en Palestina y por la reflexión sobre el desarraigo y la pérdida de territorio.
– Es una de las primeras entrevistas de Maddi Oihenart con la prensa. Dice que no se ha sentido cómoda para hablar de usted, pero que tampoco sabe hacerlo.
– No, no me gusta. En mi opinión, porque vivo en y con la naturaleza. Seguramente la vida en Zuberoa está cambiando, como en todos los lugares, pero desde siempre la gente aquí ha vivido en un ambiente familiar y en la naturaleza, y yo también he vivido así. Es verdad, no sé hablar de mí. Mi imagen exterior va totalmente ligada a mi forma de vida.
– El canto es uno de sus pilares en la vida, pero ¿qué es para usted?
– Hace un tiempo fue mi salvador; no sé por qué, pero así lo creo. Cuando era joven me faltaba confianza para hablar en público, etc. Y sigue siendo así, pero la canción me hizo suya y eso me ha ayudado a mejorar en este aspecto.
– Desde el principio ha vivido el canto y la música en compañía y no tan a solas. ¿Por qué?
– Sí. Empecé a cantar en un ambiente de amigos. En los años 70, cuando tenía 18-19 años, yo conducía el coche, mis amigos no, e íbamos de un lugar a otro, en la comarca de Santa Grazi. En esa zona ellos tenían varias amistades, que también eran cantantes. Nos reuníamos en el Ostatu de Atharratze y empezábamos a cantar. A veces nos pasábamos toda la noche cantando. Con ganas de saber todas estas coplas, copiaba las xaramelas (libros recopilatorios de canciones), porque eran en euskera y no las entendía. Así fue como poco a poco aprendí a hablar euskera y a cantar algunas canciones. En 1987 participamos en el Campeonato de Canto Vasco con ‘Kantu xahar bat’, canción a la que tengo un cariño especial, y Gorka Knörr era miembro del jurado. Nos dijo con pena que la actuación había sido muy bonita, pero que no íbamos a clasificarnos. Aquel verano, Eñaut Etxamendi y Eñaut Larralde nos llamaron para cantar con ellos en Iparralde.
– Por el camino ha llegado a grabar varios discos.
– Sí, han sido varios. En el 98 grabé el disco ‘Lürralde Zilarra’ junto a Mixel Etxekopare y Mixel Arotze, un disco que me gustó mucho, fue precioso. En 2002 grabé ‘Arbaila’, la mayoría con canciones antiguas, y después, en 2003, con Josetxo Goia-Aribe llegó ‘Ilhargi min’, donde conocí a Juantxo Zeberio. Cuatro años más tarde, en 2007, grabamos juntos ‘Hari biru’, después en 2010 ‘Baldi’. Luego, durante algunos años, solo tuve algunos conciertos, y en 2015 con Jérémie Garat trabajé en ‘Doi’, una recopilación de poemas, principalmente de Itxaro Borda y Leire Bilbao.
– Vive el canto de manera especial. No se siente profesional, pero en los últimos años ha trabajado como tal…
– El canto no ha sido profesional en mi caso; he hecho dos o tres conciertos al año. Al contrario, en todo momento he tenido que meterme esa idea en la cabeza. Para mí eso es complicado. He hecho otros trabajos en el mundo de la cultura y eso me ha llevado a tener una comprensión. Ni siquiera podía pensar que iba a cantar y, sin embargo, ha venido y se ha dado, y poco a poco he ido haciendo cosas. Vivo, pero muy lejos del canto a la vez. Nunca habría hecho nada si no hubiera sido por alguien.
– Es la máxima exponente de las voces femeninas en la canción zuberotarra.
– No creo que sea la más representativa, pero sí es una forma de canto que a mí me gusta. Las personas que he admirado siempre eran pastores, personas anónimas y mayores que yo, que vivían en una gran soledad, que cantaban en momentos muy concretos. No eran cantantes como tal, y había grabaciones suyas, pero no los conocía. Tras ver cómo se dedicaban a cantar, dónde y cómo vivían, sentí que yo también era como ellos. Ahí vi que el canto para ellos era salvador y sanador. Que yo también podía hacer algo con eso, porque me sentía igual. A través del canto sabían situarse en el espacio, estar en contacto con los demás… Para mí fue muy enriquecedor sentirlo. Me sentí totalmente identificada.
– Su voz nos traslada a la naturaleza, que para usted tiene una importancia especial.
–Aunque llueva, estoy bien si salgo fuera. Si tengo que aprenderme una canción, un texto, tengo que salir al aire libre; si no, no puedo hacerlo, es imposible.
– ¿Cómo es su día a día? ¿Qué lugar ocupa la música?
– Hace dos o tres años que no oigo nada de música. Empiezo a pensar un poco en vísperas de los conciertos, pero no vivo para nada en el canto.
– En Iparralde hay muchos músicos amateur —también mujeres— que a veces trabajan como profesionales o semiprofesionales. Pero la situación ha cambiado en los últimos años y proliferan las propuestas.
– Sí, mucho. Cuando era joven no se escuchaba a las mujeres cantar, y mucho menos actuaban. No se veía a una mujer sobre el escenario, y las primeras que vimos nosotros fueron las que vinieron de Hegoalde: Maite Idirin, Estitxu… A Lourdes Iriondo, por ejemplo, nunca la he visto en directo, y Amaia Zubiria vino más tarde. Al principio me costó mucho; andaba con un amigo, y fue más fácil hacerlo porque era hombre. Sentía miedo, mucho miedo. Tengo muchas anécdotas. Una vez, en las fiestas de un pueblo, en un ostatu, me pidieron que subiera a cantar aunque había un ruido tremendo. No quería hacerlo porque no se escucharía nada, y unos hombres mayores me animaron a hacerlo diciendo que la gente se callaría. Y así ocurrió. Al final me atreví, y toda la gente se calló en cuanto empecé a cantar. Luego se acercaron y me dijeron que tenía que seguir con ello. Sentí que tenía cierto permiso y poco a poco seguí cantando. Por fin se ha abierto espacio para las mujeres. Hoy, casi, son solo las mujeres las que se dedican al canto… (ríe).
– La gente joven también se ha animado y han surgido numerosos grupos, como bandas de rock que están girando incluso fuera de Iparralde. ¿Cómo lo ve?
– Sí, totalmente. Fue impulsado por Niko Etxart a su vuelta de París. En Zuberoa existen muchos formatos relacionados con el canto, tanto de hombres como de mujeres.
– Dijo una vez que cuando canta siente que es transmisora de las voces anteriores…
– Eso me gustaría (ríe). Estoy en ello ahora con Julen Axiari. A él le encantan las canciones de Zuberoa y están investigando cuáles son las diferencias que hay en base a la escucha de diferentes grabaciones. Hay una base, pero cada cantante tiene su forma de cantar, con pequeñas variaciones. A mí eso es lo que me mueve. Es algo muy vivo que a día de hoy se mantiene también.
– Han pasado 16 años desde que publicó su último trabajo junto a Juantxo Zeberio. Ahora presentan ‘Lur’ de once temas. ¿Cómo vuelven y han trabajado?
– Sí, han pasado 16 años desde la última vez que nos juntamos con un nuevo trabajo, aunque en ocasiones hemos grabado alguna pieza y hemos actuado juntos. Esta vez hemos ensayado recurrentemente en un caserío antiguo de Anglet que se llamaba precisamente Lur. Me gusta especialmente ‘Eskutxo biekin’, que parte de una melodía de Juantxo y la hemos completado con un texto de Juan Ramón Madariaga.
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