En un antiguo vídeo de Canal Sur, una Ana Mena de siete años responde que entre sus canciones está María de la O. La escena es breve, pero desvela mucho sobre la casa en la que creció la artista. Su madre cantaba flamenco como aficionada y la música acompañaba algunas de las reuniones familiares, así que ella empezó a insistir en presentarse a concursos. Años después, en una entrevista con MadMen Magazine, reconoció que aquel aprendizaje seguía apareciendo en su pop: “Yo soy de Estepona y lo que mamas es eso. Está en mi sangre y de alguna manera, se nota”.
Ese vínculo tendrá también un lugar propio en Estepona. En la Feria de 2012, Ana Mena actuó en la Caseta Municipal junto a Maribel López, anunciadas ambas como “cantantes esteponeras”. Siete años después volvió de nuevo al mismo escenario con un concierto propio, cuando su carrera ya había despegado fuera de España. En 2020 fue nombrada Hija Predilecta y, el 19 de marzo de 2026, el pleno municipal aprobó por unanimidad dedicarle un espacio público emblemático, cuya ubicación se decidirá próximamente junto a la artista y su familia.
LA CIUDAD A LA QUE SIEMPRE VUELVE

Veleros y reflejos azules en el Puerto Deportivo de Estepona.
Durante el acto institucional del Día de Andalucía de 2020, Ana Mena contó que reconoce Estepona por “el olor a arena y a sal”. Durante siglos, ese mismo frente marítimo obligó a proteger el núcleo urbano. En el casco antiguo se conservaban los restos de la fortificación de la medina andalusí de Estebbuna, destruida en 1456. Sobre aquellos restos se construyó, en el último cuarto del siglo XVI, el Castillo de San Luis, destinado a reforzar las murallas y controlar el fondeadero natural de La Rada.
Las excavaciones del recinto han sacado a la luz materiales de época romana, andalusí, moderna y contemporánea que se fueron acumulando bajo las mismas calles. El castillo fue construido en el último cuarto del siglo XVI. El castillo fue construido en el último cuarto del siglo XVI, sufrió daños después del terremoto de Lisboa de 1755 y quedó muy afectado por las voladuras francesas de 1812. Tras permanecer casi un siglo oculto entre viviendas, abrió al público en diciembre de 2024 como centro museístico. Una pasarela recorre el interior y en él se puede observar las diferentes fases del edificio, mientras las piezas recuperadas durante las excavaciones se muestran en ocho vitrinas.
UN CASCO ANTIGUO CON SU PROPIO CÓDIGO DE COLOR

Las macetas floridas llenan de color las calles blancas del casco histórico de Estepona.
Las fachadas blancas del centro histórico están cubiertas de macetas que van cambiando de color según la calle en la que nos encontremos. Las macetas se pintan en el vivero municipal, y sus colores se han convertido en una seña de identidad de cada calle. La Plaza de las Flores, que hoy es peatonal y un buen centro de la vida urbana, reúne una fuente, varios edificios públicos y la Casa de las Tejerinas, una construcción del siglo XVIII organizada alrededor de un patio central.
La música vuelve a aparecer en el Pasaje Felipe Campuzano, al que se entra bajo una buganvilla. Dos placas de cerámica reproducen las partituras de Viva Estepona y Las Salinas. Cerca, el Rincón de la Saeta guarda versos de Antonio Machado entre geranios y paredes encaladas. Son detalles pequeños pero especiales que ayudan a que el casco antiguo no parezca una escenografía replicada de otros destinos de la Costa del Sol.
DEL AZUL DE LA RADA AL ROJO DE LA SIERRA

La playa de La Rada queda a un paso del centro y se extiende a lo largo de 2.630 metros. Así, el paseo sigue el recorrido hacia el puerto pesquero, mientras los chiringuitos mantienen a salvo el recetario más reconocible de la costa malagueña: unas sardinas ensartadas en cañas, pescado frito y arroces que llegan al plato mientras observamos el mar.
Tierra adentro aparece Sierra Bermeja, cuyo característico color rojizo nace de la oxidación del hierro que existe en sus peridotitas. El Paseo de los Pinsapos cruza uno de los pocos bosques de esta especie que crecen sobre roca peridotita. Algunos ejemplares superan los 250 años y alcanzan los treinta metros.En muy pocos kilómetros, Estepona cambia el salitre por la roca teñida de tonos óxido y la sombra tan agradecida y necesaria de la montaña.
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