El exilio que la rompió
En 2019, Lydia Cacho dejó México. No fue una mudanza voluntaria. Fue, como ella misma lo explica, una expulsión provocada por los poderes políticos con la violencia del Estado y la violencia criminal.
“Llevo siete años en el exilio y ha sido durísimo vivir allá, no es lo mismo elegir, mudarte, migrar en búsqueda de una mejor vida, que tener que irte porque tu país te expulsa, porque los poderes políticos ayudan a que seas expulsada con la violencia de Estado y la violencia criminal, no es lo mismo”, reconoce.
“Todos los días vivo con añoranza, sueño que tomo un avión y regreso a México. Escribir este libro sobre México fue una forma de volver a casa, y esta es la primera vez que vuelvo, aunque sea rodeada de seguridad”, agrega.

(Anylú Hinojosa-Peña)
La Lydia Cacho con la que nos encontramos, no es solamente la periodista que denunció las redes de explotación infantil en Los demonios del Edén (2005). Tampoco la mujer que fue secuestrada, torturada y violada tras tocar intereses políticos y empresariales. Aquí aparece otra versión de ella: una mujer que habla de cocinar para sí misma, de adoptar una perrita después de que sicarios mataron a las suyas durante un atentado y de la posibilidad aún con mucha ilusión de volver a enamorarse a sus 63 años.
Aun así, lejos de su país, Lydia Cacho descubrió libertades que para muchas personas serían insignificantes: caminar sola de noche, volver a manejar un coche sin escoltas o simplemente sentarse a cenar sin miedo. Sin embargo, esa tranquilidad cotidiana convive con otra realidad mucho más dolorosa: la de todo lo que el exilio le arrebató en el camino.
“El hecho de poder caminar, salir de una fiesta con las amigas y caminar a las cuatro de la mañana sola, aunque sé yudo y me sé defender, también es otra cosa. Siempre estoy cuidándome porque ya lo tengo impredictado, ya tengo treinta años de hacerlo. Llevaba veinte años con escoltas mporque me querían matar”, dice.
No solo ha habido distancia y amenazas: también pérdidas imposibles de recuperar. Al recordar la muerte de su padre, la voz de Lydia cambia y deja ver una herida que, admite, nunca termina de cerrar.
“Hace unos meses murió mi padre, no pude estar el día de su entierro y esas cosas te parten el corazón, y creo que esa ruptura del corazón nunca sana”, reconoce.

(Anylú Hinojosa-Peña)
Durante más de veinte años no pudo manejar sola. Siempre había hombres armados alrededor. Hace poco volvió a hacerlo y descubrió que el miedo seguía escondido en su cuerpo. “Empecé a manejar como si tuviera 17 años”, recuerda entre risas. “Entonces entendí que estaba ansiosa porque llevaba décadas sin poder hacerlo”.
La violencia, dice, sí le rompió algo: la posibilidad de volver a sentirse una mujer “común y corriente”. Hay una frase que repite varias veces durante la conversación: “Se me partió el corazón”.
Pero también habla de otra resistencia mucho menos visible y quizás más difícil: no permitir que el horror la habite. Cuenta que, después de la tortura, su madre le dijo algo que terminó convirtiéndose en una especie de brújula emocional: no dejar que esos hombres vivieran para siempre dentro de ella.

(Anylú Peña-Hinojosa)
Desde entonces, Lydia ha trabajado en no perder la fe en el amor, la amistad, el deseo ni la felicidad cotidiana. “Eso es lo que te quieren quitar”, dice. “Quieren colonizar nuestro espíritu de lucha y nuestro deseo de vivir”, asegura.
‘ Este Articulo puede contener información publicada por terceros, algunos detalles de este articulo fueron extraídos de la siguiente fuente: www.celebrity.land ’








